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He venido para que tengan la vida y la tengan en abundancia Juan 10,10 |
La fe cristiana entiende la muerte como el fin de una etapa y comienzo de una vida de plenitud en su unión con Cristo. La Unción de enfermos: Para este momento de tránsito se da gran importancia a la Unción de Enfermos, sacramento que confiere al cristiano una gracia especial para enfrentar las dificultades propias de una enfermedad grave o vejez. Antes se conocía como Extrema Unción pues solo se administraba a punto de morir. Actualmente se puede administrar más de una vez, siempre que sea en caso de enfermedad grave. Esta Unción une al enfermo a la Pasión de Cristo para su bien y el de toda la Iglesia; obtiene consuelo, paz y ánimo; obtiene el perdón de los pecados (si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la reconciliación), restablece la salud corporal (si conviene a la salud espiritual) y prepara para el paso a la vida eterna. Liturgia de los difuntos: La liturgia católica con respecto al tratamiento de difuntos podemos dividirla en cuatro apartados aunque en la actualidad se tiende a reagrupar estas celebraciones en un mismo lugar como tanatorios o crematorios. -El acto de sacar el cuerpo del difunto de su domicilio. Se coloca el féretro sobre unos caballetes y se recubre con un paño funerario negro o morado. - Cortejo hacia la iglesia. Se lleva el féretro tras el oficiante y en un orden bien establecido por la liturgia se dirige la comitiva a la iglesia. - Plegarias en la iglesia. Al entrar se canta el réquiem aeternam, antífona y responso. Se deja el féretro en medio de la iglesia con los pies hacia el altar (laicos) o hacia la puerta (sacerdotes). Se encienden cirios alrededor del féretro y se oficia la misa de difuntos. - Comitiva al cementerio. Tras el oficio de difuntos, la misa y la absolución se lleva el cuerpo a la tumba. Se bendice la fosa al llegar. Se deposita junto a ella el féretro y se recitan plegarias. Se retira el clero y el féretro se deposita en la fosa. La Iglesia Católica no aceptó la incineración hasta 1963. La vida enterna: Como consecuencia del pecado original, nuestra vida en la tierra termina con la muerte. Adán pecó y entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte. El alma, inmortal, se separa del cuerpo pero sigue viviendo y tras un juicio particular que Dios hace inmediatamente después de la muerte le da un premio o castigo según sus obras: Cielo: van los que están totalmente limpios de pecado para ver, amar y poseer definitivamente a Dios, gozando de su infinito bien y, con El, de todos los demás bienes sin mezcla de mal alguno. Purgatorio: van los que mueren en gracia de Dios, pero con alguna mancha de pecado o deuda por los pecados perdonados. Se preparan, purificándose con un castigo distinto a los condenados, para entrar en el cielo. A estas almas se les puede ayudar con oraciones, buenas obras, indulgencias y especialmente con la Santa Misa. Infierno: van las almas que mueren en pecado mortal y, por tanto separadas de Dios, donde serán castigadas eternamente por haber rechazado a Dios. Es la privación definitiva de Dios y la condenación por el fuego eterno con el sufrimiento de todo mal sin mezcla de bien alguno. La resurrección de la carne: Al fin del mundo resucitarán los cuerpos y se unirán a sus almas para ser juzgados y recibir el premio o castigo eterno, según hayan sido las obras que hiciera el hombre con su cuerpo y su alma. La segunda venida de Jesucristo: Tras la resurrección de la carne Jesucristo vendrá con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres, unidas ya las almas a sus propios cuerpos, para nunca más morir. Con la segunda venida de Jesucristo se instalará definitivamente el Reino de Dios y será vencido para siempre el poder del mal y del demonio. Se desconoce cuando será el fin del mundo en que vendrá Jesucristo para juzgar a todos los hombres y dar a cada uno el premio o castigo que hubiere merecido, |
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